El día que te vi por primera vez pensé que no eras tan
lindo, capaz me decepcioné un poco, capaz la vi a tu novia gritándote y me
desanimé, ya había pensado que no podías estar solo, que seguramente tendrías
hijos, una prole, salidos todos de tus bolas, expulsados de su útero.
Después te vi de nuevo, y esta vez te saludé, con un beso en
el cachete ese peludo que tenés, te vi embriagándote mientras discutíamos cosas
serias, mientras yo trataba de superar
una resaca que arrastraba desde las 6 de la mañana, digna de un buen asado en
la calle, en el cordón de la vereda, sentados tomando vino. Esa noche me subí a
una bici moto, esa noche me deprimí un poco, el chico que me gustaba estaba de
novio también, y esa madrugada se fue a algún lugar, a enamorarse un poco más.
Esa noche volví con una amiga a su departamento, a destripar
un poco la tristeza de otro amor no correspondido, uno que venía arrastrando
hacía como un año y me estaba cansando y ya estaba en ese punto, restañando los
dientes de bronca, de frustración.
Ese mediodía que te saludé, te escuché y hasta cierto punto
te admiré mientras entornaba los ojos por la resolana del cielo nublado,
mientras digería otro asado y tomaba agua, mientras extrañaba mi cama y pensaba
algo que no recuerdo, estoy segura que pensaba.
Dos semanas después te volví a ver, a la distancia. Para la
misma época sellaba con un último beso una despedida, ésta vez robado, sin
querer o queriendo demasiado dije chau, chau sufrimiento, chau ser que me
enloquece, chau la puta madre. Llanto y tristeza porque esta vez era
definitivo, lo vi besarse al lado mío con su novia, arrullarse en el sillón y
yo soportando una angustia pedorra y llena de vino. Chau sorete.
Llegó el limbo mientras me seguía revolcando con otros seres
del universo, algunos recurrentes, otros casuales, algunos con más cariño que
otros, ya estaba un poco resignada, ya te imaginaba a la distancia como aquella
vez, ya colapsaba inútilmente por nada. Los días seguían, y yo arrastraba la
libido, un poco tensa, expectante de la menstruación que finalmente llegó y
llegaste vos también y la noticia de que estabas soltero. Esa noche circulaba
el vino, circulaban los amigos, el trabajo en un día caluroso, otro jueves de
farra, otra jornada de clases y de fiesta. Viva el escabio y los cigarrillos,
las muestras de arte con comida y bebida gratis, con gente que se cree linda y
especial, todos engendros, ridículos, presumiendo, lalala. Caminábamos con mi
amigo tomando vino en la calle, caminamos hasta la fiesta que recién empezaba,
realmente recién empezaba la fiesta, pero no me había enterado del todo.
Ahí te encontré de nuevo, vestido de joven y sentí, algo
raro para mí, sentí una cosa en la panza. Me hice la gila, te fui a dar charla,
saludé a los tuyos. Al rato te fui a hablar de nuevo, escapándome de algunas
responsabilidades, me paré al lado tuyo, a propósito, para que me vieras, para
verte, hasta olerte. Dios que ganas de estrolarte contra el piso y montarte.
Te vi de nuevo sin chances de nada, vestido de viejo. Te vi otra
vez y esta ya estaba dispuesta a tirarte con todo para que te dieras cuenta
que estaba alzada. Te hablé, busqué y me
paré cerca para que vinieras y me dieras fernet, para que me tiraras charla y
yo te preguntara de dónde eras. Histeria, mucha, muchísima, una avalancha de
flujo en la bombacha, esperaba que la sintieras aunque todavía no sabía bien
por qué. Y me senté al lado tuyo, y bebí de tu cerveza, y me iba dando cuenta que te gustaba y viceversa. Todo el resto
de lo que pasó me gustaría saltearlo porque fue más de lo mismo, de conocerte
todavía vestido.
Después vinieron las confesiones y la intimidad, después me
di cuenta que quizás esta vez me iba a durar, noté que iba durando y aunque me
achicharré un poco, aunque me accidenté, reposé, me interné, drené litros de
plasma y pus, menstrué y lloré, más que nada me mojé. Y gracias al cielo que por fin me mojé.