Tengo un máster en desbarrancar. Llevo
un récord como bandera de todas las veces que eché moco, de manera
grandilocuente y furiosa, adobada por la bebida, envalentonada por un mínimo
guiño de la suerte. La otra mañana, o la noche completa hice galardón de mi
capacidad para quemar las naves y tratar de salir indemne, hollinada y llena de
pasto en la ropa. Whatever.
Estaba en un pueblo sin referencias, con
un chico que prácticamente desconocía y con quien me habían forzado de cierta forma a
compartir estadía unos meses atrás junto a otra gente con quienes no
ostentaba ninguna relación directa. Las vueltas de la rueda de la fortuna propiciaron
un reencuentro, arrastrada por una amiga
que quiso tirar los dados de la suerte, y la suerte se le volvió en contra,
porque cuando me escabio muevo el fieltro de la mesa de juego a mi favor, o me
carteo, como mejor parezca, hago trampa. Aunque no quiera, aunque sepa que está
mal, aunque en otra circunstancia hubiese apelado a la decencia, no me salió
nada. Me salió sentarme con él en un banco que daba al este a mirar el amanecer
y cantar envido para tratar de ganar segunda, tirando la hembra y habiendo perdido
primera jugando un cuatro de copas. Conté el puntaje y dieron 34, eran mejores. Mientras el sol rajaba ya un poco alto no me
quedaron muchas chances de seguir haciéndome la desentendida, y en una
atmósfera de amor latente me entregué a los brazos de la traición, desmedida e innecesaria.
En una escena del lado B de alguna historia de Jane Austen me encontré
corriendo por el descampado, acococho de quien había desperdigado durante toda
la noche una serie de miradas intensas que pesqué y recolecté en la red que
alimentaba el sentimiento de delito que devendría. Siendo sincera fue una de
las experiencias amorosas más furtivas y divertidas, porque el lugar ameritaba
esconderse en los rincones inalcanzables de la casa. Porque había que atravesar
senderos poblados de plantas, o pispear dentro de habitaciones semi-abandonadas,
con una toalla rosa a cuestas, con dibujos de perritos que se amontonaban entre
sí, como estábamos nosotros. Nos revolcamos por el pasto y nos reímos, mientras
él me decía que estaba desvelado y amanecido, que sentía que no quería que
nunca terminara ese momento. Yo reía mientras me mofaba de su romanticismo, lo
besaba y acariciaba su pelo, y las abejas alrededor nuestro zumbaban, y todo
parecía perfecto y desproporcionado, como la mirada fulminante que le dediqué para cerrar el trato de complicidad. Esas
cosas me encantan, creo que no hay nada más sincero que el amor de ebriedad, la
latencia de un deseo que se desencadena directo, sin especulación, sin las ambivalencias
de lo correcto. Qué importaba echarse sobre las ortigas, la picadura de un
tábano, el aliento bañado de vino, llevarme a cuestas entre las plantas, sortear
matas y esconderse. Aunque durara solo 2 horas de la vida, un momento y ya
está. Aunque después deviniera la tormenta, y la racionalidad de lo echado a
perder, la culpa y todo lo que implica cuando el daño a otro está hecho, cuando
arreglar lo que se rompe en primera instancia es prácticamente imposible. Nos despedimos en la puerta de la habitación con el beso más silencioso que nos salió y eso fue todo.
Así que a pesar de la resaca y la efervescencia tocó jugar la tercera mano, y mientras me cantaban truco miraba la única
carta que sostenía, la sota de copas, qué coincidencia, no me quedó otra que
irme al mazo y perder.