Había que hacer la noche
completa, casi sin perder un minuto, porque al final eso era lo que siempre
faltaba: tiempo. Cuando nos tocaba jugar de verdad nos dábamos cuenta que ya estábamos
demasiado ebrios como para aparentar. Ya era tarde, recontra tarde para mentir
que no nos la habíamos pegado. Sin siquiera patalear, no éramos amigos, ni
novios, éramos nada, un bollo arrinconado porque no nos daba el espacio, éramos
algo de lo que creíamos que queríamos ser. Andábamos de la mano por todos
lados, como si hiciera años que nos conocíamos. Vos no querías blanquear nada,
yo echaba cal sobre el asunto y pretendía que te ardiera todo.
Al final del viaje me diste el beso
más frío que me habías dedicado, no sabía si correr o llorar, hacer una maratón
hasta mi casa, multiplicada para cruzar las salinas sin aire y agonizando, sin saber
por qué, creía que otra vez me tocaba la peor parte. Ni siquiera eso, no hay
partes de la nada, ni algo sobre lo que revolcarme en llanto cuando no había
qué lamentar, sólo había un yo y un vos.
No iba a quebrarme sobre el
recuerdo de una pija, ¿sobre qué entonces? Circulaba este malestar de in-completitud
y qué sé yo, teñido de un cariño falso, te amos con aliento a mucho escabio,
chats haciéndonos la paja y finalmente una chachetada tan tan fuerte que casi escupo
el trago, mientras me empezaba a cagar de frío en una noche que de golpe se puso
helada.
Lloraba de ebriedad, esta vez sí
lamentando algo que la bebida me hacía sentir como certero y era que yo te
amaba tanto y muy fuerte, casi con el corazón completo que ahora se desgarraba
en 150 canciones de mierda sobre el amor y los tipos que te dejan.
Más tarde se me pasó pero igual
deseaba que te murieras de forma horrenda, mientras me llamabas y veía el
teléfono iluminarse intermitentemente, no sé qué hora era, las 6 de la mañana, seguro
estabas ebrio otra vez, para variar. Despedazada en la cama premonizaba una resaca
insufrible, un día oscuro y caluroso. Después vino la tormenta, me así de tu
recuerdo y palabras como al mástil de un barco en medio de un tifón. Ahí estabas
luego, como el canto de una sirena por whatsapp, “ven, ven a mí, reúnete
conmigo en esta muerte lenta”.
Volví a quererte, cada vez un
poco menos y con recelo. Hice lo posible porque me eligieras y salió todo mal,
tu plan sin plan intacto y yo con 50 resacas encima como para el resto del año.
Todas las noches que nos vimos a escondidas me quedaba muda entre el deseo de
romperte la cara de un beso y de una piña en simultáneo. Se alzó una luna
tremenda y mientras vos me pedías que chapemos contra un árbol yo deshojaba una
margarita podrida que había guardado en el fondo de la bombacha.
Cuando volví después te eliminé
de todos lados, hasta que tu tímido mensaje hizo que volviera la atención sobre
vos, luego de tu negativa a un nosotros y un yo escindido, recuperando algo
de tranquilidad cometí el error de
volver a quererte, igual cada vez menos. Ya por aburrimiento, ya porque el plan
sin plan se había vuelto propio y lo quería defender a rajatabla. Cuando pensaba
que tenía la oportunidad te castigaba con la indiferencia, algo que a un niño
caprichoso como vos molesta sobremanera, mi amor centro de mesa.
Lentamente el castillo de palabras
a las que ni siquiera hacías caso se empezó a desgranar y se volvió arena entre
mis manos, mientras sostenía el celular mirando la foto de tu pija que me
acababas de mandar por Instagram. No te enojes, es un chiste dijiste. Pensé en
la ilusión ingenua del falo prometido, un premio al cual abrazar, besar y
agradecer a la cámara. Traté tan fuerte de que te fueras a la mierda que al
final parece dio resultado.
Así y todo sigo tecleando en el
celular, como si fuera un piano, armando una canción propia mientras charlo con
vos. Todas las noches agrego una estrofa nueva a la historia de cómo convertirse
en un ser horrendo de a ratos, sin intención de que se haga estribillo, o quizás
sí y gritarlo desbocada en el pogo más grande del mundo que se arma, cuando te
veo y me late fuerte el corazón.