Qué voy a hacer con vos, en
qué parte del cuerpo te voy a alojar. Después de lo que pasó supongo que pensé
que la concha era suficiente, mas no.
O era al revés, pensé que el
resto del cuerpo era sincero y solo me quedó guardarte en lo más profundo del
papo. Donde van a parar todos al final, un reducto hermoso, de una confianza
temporal, piel con piel a todos nos queda cómoda la sensación de libertad.
Nos simpatiza la idea de que
no nos ata nada, ni un bello abotonamiento, ni un abrazo que dure toda la
noche, esconder la cara en el cuello del otro y todo ese lenguaje frontal y
merecido.
Y cuerpo a tierra cuando
largan las balas, y arrastrándose en medio de una invasión de langostas, ¡qué
hermoso parecen mariposas!
Los que siempre naufragamos en
el mar de la fantasía hacemos el salto al vacío cuando encallamos y tiramos
todo por la borda. Nos tiramos nosotros y nadamos a la costa caliente, se nos
mojaron los puchos y el encendedor, estamos húmedos y exhaustos por todos lados.
En la arena miramos el sol de
cara, nos queremos quedar ciegos y que la luz abrasadora nos penetre el cerebro
y queme todos y cada uno de los recuerdos, hasta olvidar. Que la piel arda de
otra forma, esta vez de verdad, que se ponga roja e insoportable. Porque hay
que desmembrarse de todos lados y de los arañazos invisibles que todavía
recorren el cuerpo como emociones.
Hay que quemar todo, hay que
dejarlo en cero, porque nosotros que construimos desde la ilusión somos los
primeros en hacerla explotar, en que el pathos que domina nuestra respuesta
emocional deje en claro que nos erigimos para destruir sin vergüenza alguna la
memoria de lo bello.
Nacimos para armar, desarmar y
sangrar. Moriremos igual, en un momento orgásmico que desprenda todos los
fluidos por última vez, en señal de que cuando nos entregamos vamos hasta el
final sin mirar atrás.
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