Dejé al perro atado, atado al poste, al mismo donde acaba de impactar un bólido descontrolado. Dejé que el agua hirviera, dejé que hirviera y cuando quise cebarme el mate perdí el paladar. Dejé que la luz se acabara, que el perro muriera, que la yerba se quemara… y que el tiempo pasara.
Me dejé a mí en la alcancía vacía, sonando a lata y juntando humedad, viendo desde abajo que las monedas ya no caían, el bolsillo agujereado, y este ticket de colectivo de comienzos de marzo.
Dejé que las hormigas circularan por el patio, las dejé solitas sin molestarlas. Dejé que se comieran las plantas, que mi mamá se indignara, que culpa de la rapsodia de gamexán los gatos se envenenaran.
Me olvidé de sacar la basura. Vino el moho, y se quiso quedar, así hizo y pobló de un manto verde los papeles que había tirado, lo dejé, el moho vivía sólo, sólo como cuando me fui.
Dejé la ventana abierta, y como era de esperar vino una tormenta. Allá todos mis papeles mojados, y a allá los dibujos que se los llevó el viento. Enhorabuena, quizás sea momento de comenzar de nuevo.
Me dijeron que no, me dijeron que no por motivos que desconozco. Yo no dije nada, básicamente estaba muda porque así como estoy no puedo ir. No dije nada, porque decir estaba de más. Porque las culpas se pagan a solas, a diferencia de las manos que se ensucian juntas.
Impresionante. La mala onda evoluciona hacia algo más.
ResponderEliminarNo me gustó la parte del gamexán. Pero sentí el sabor a herrumbre en la boca.
Sigue el aire a nuevo comienzo, éste tiene algo distinto...