13 febrero, 2009

Visión I

Aplaza y cierra, paso a paso, en el caer del parpado, aplaza y cierra para volver a abrir y mover infinitamente en el ardid de explorar. Cierra para no ver y al abrir entona ese cantar solemne de las imágenes. No llega a ningún puerto, pero viaja parpadeante en el titilar de la luz que despide desde las pupilas.
Contrae y espera, moviéndose múltiples veces para abarcar más allá de las pestañas, y la esfera rota y gira, la concavidad con su lámina convexa y transparente mojada e inquieta. Abraza sin extremidades, concreta, alaba sin palabras, endulza y liquida sin variar la circunferencia que la caracteriza.
Aunque atenta y latente nunca limita, la pintura borrosa de la miopía lame las superficies imperfectas con sus bordes imprecisos en el halo misterioso de aquello que parece ser. Profundiza el tono cristalino y parpadea, pues aquello que ve dista del nombre que lleva.
Así camina, o cree hacerlo, dentro de esas paredes intangibles que le impiden tambalear. En lo recto encuentra seguridad, sin embargo ladearse y estirar lo brazos resulta más placentero. Así construye miles de analogías como respirar y controlar, así confunde la realidad. Así se embarca sin destino solo para sentir que pertenece al cosmos que nos maneja como hormigas. Así acampa en recipientes herméticos hasta que se le acaba el aire, así seduce la cartografía mostrándole las piernas.
Así una como tantas otras veces calza la lona cosida en los pies y se levanta cansinamente. Estira para volverse a contraer en ese rito natural de caminar para trasladar la existencia. Todos los días la vereda es diferente, todos los días ella es otra, pues despierta en cuerpos ajenos cada mañana, acumula sensaciones de esas múltiples personas y va construyendo imaginariamente algo que cree es verdad. Apila las emociones irregularmente en una espalda encorvada, entre vértebra y vértebra acumula montones de basura y gérmenes que se van infectando. Enferma repta, desprende sus patas hasta ser bulto, hasta la próxima mañana, cuando le toque ser otro insecto.
Aplaza y cierra porque se dejó imaginar demasiado.
Abre y mira entre el ropero y el piso, la pequeña línea de sombra que se genera. No entiende por qué se detuvo tanto tiempo en ella.
Aplaza y cierra, y no vuelve a abrir.

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